Ramon Lucha CC

Khan el Vampiro

Khan el Vampiro una creación conjunta de Juan Lucha (personaje, trasfondo y vídeo), Justo Molina (relato) y Ramón Lucha (ilustración), en la que encontrarás un personaje listo para jugar con su ficha para el sistema FATE. Todos los contenidos tiene licencia de libre distribución y puedes usarlos en tus partidas o creaciones. Disfrútalo.

El final de Khan

Hicieron falta dos docenas de bárbaros vampiros para echar abajo la estatua de Osis, dios de la sabiduría y protector de la urbe de Tradia. Khan recordaba cómo se habían tensado las cadenas alrededor del coloso con cabeza de estornino y cómo estuvieron a punto de ceder, hasta que vencieron finalmente su duelo con la piedra de la estatua y lograron arrancarla de su pedestal. Los inhumanos músculos de los Colmillos de la Estepa destruyeron en cuestión de minutos lo que los sabios de Muzán habían tardado años en construir.

Había cierta sensación de completitud ante el fin de un imperio, cierto regusto a deber cumplido, a trabajo bien hecho. Khan estaba convencido de que hasta el Sumo Sacerdote de Osis, en algún rincón de su alma, estaba también satisfecho de que su mundo hubiese acabado, pues los humanos son mortales y necesitan finales, necesitan un colofón que les libere de la incertidumbre que inunda sus vidas. Que tal colofón sea la muerte y la destrucción es, simplemente, lo esperable.

Ramon Lucha CC

Ahora, sentado indecorosamente en la cima del zigurat de Osis, Khan contemplaba el espectáculo que ni una noche de luna nueva como aquella podía esconder a sus ojos de vampiro. Los Colmillos de la Estepa, a la vez vástagos y vasallos suyos, saciaban todos sus apetitos sobre los cascotes que solo unas horas antes conformaban la cabeza de Osis. Resultaba una demostración de supremacía tan obscena que rayaba lo decadente. No le gustó.

—Los… aventureros han llegado, mi señor Khan.

La voz grave de Alia, su hija y esposa, sacó al caudillo vampiro de sus reflexiones. Detrás de la joven vampira, cuatro figuras se recortaban contra los pebeteros que trataban de iluminar la terraza. Cada uno de los llamados “aventureros” podía ser un guerrero, un ladrón, un brujo… ¿Qué importaba? La casa de mercenarios de Luba los había recomendado, para Khan era suficiente.

—Esta noche mi clan se ha convertido en un imperio. A partir de ahora mis nómadas serán ciudadanos, mis bárbaros serán soldados, mis hijos serán reyes.

Respondiendo a las palabras de Khan la voz de una mujer elfa surgió de un yelmo preñado de antiguas runas. Solo los ojos de la guerrera eran visibles a través del visor de su casco y estos estaban iluminados a partes iguales por la codicia y la locura.

—Es el amanecer de una nueva era. Es el principio de vuestra gloria, noble Khan.

—¡El principio de mi fin! —respondió airado en caudillo—. El amanecer, sí, pero tal imagen no es un buen augurio para un vampiro.

Nadie se atrevió a responder otra vez al bárbaro no muerto. Su deseo de ser escuchado sin interrupciones habría sido captado por la mente más obtusa.

—Esos que veis retozando sobre las humeantes ruinas de lo que fue la cuna de la civilización humana son los hijos de los hijos de mis hijos. Vampiros de cuarta o quinta generación, con la sangre tan aguada como el vino de los mesones de Pontia.

“Si esos son los que han de defender mi imperio, si sus hijos son los que han de hacer que perdure… mi reino apenas sobrevivirá unos siglos”.

Tras estas palabras, Kahn volvió a contemplar la rapiña nocturna en silencio. Solo después de un interminable minuto, uno de los mercenarios, un gnomo cubierto de abalorios arcanos, se atrevió a preguntar con una voz tan meliflua como nasal.

—No queremos interrumpir sus cavilaciones, noble Khan, pero en Luba nos enviaron para cumplir una misión, una muy bien pagada si me permite recalcarlo.

—Es cierto —comenzó a decir el vampiro saliendo de su introspección—, vuestra “misión”.

“Desde que empecé a ser consciente de la degeneración de mis vástagos una única idea me ha obsesionado: encontrar al hombre que me transformó en vampiro. Hallar a ese extraño mercader que compartió conmigo el impío don que me convirtió inmortal tan solo para desaparecer de mi vida a la noche siguiente”.

“Muchas veces me he preguntado por qué lo hizo, qué plan se oculta tras sus acciones. Quizá todo lo que he hecho desde entonces sea cumplir su voluntad, creyendo que cumplía la mía…”.

“No son pocos los que pensaban que me había vuelto loco al atacar Tradia, los que decían que ni mi ejército de bárbaros vampiros de la estepa no era rival para la urbe protegida por los sacerdotes de Osis. Pensaban que la codicia me cegaba, que lo arriesgaba todo por el oro de la capital de Muzán”.

“Pero no era el oro lo que buscaba, ni la gloria. Es a ese mercader. Sé que está aquí. De algún modo puedo percibir su presencia, como sé que él percibe la mía. Está en esta ciudad, escondido bajo tierra, quizá en una antigua cripta”.

“No puedo acercarme a él sin delatarme yo mismo, por eso necesito que otros lo capturen o al menos lo hagan salir de su escondrijo y lo empujen hacia mí. Pero no es una tarea que mis degenerados hijos puedan realizar. No, necesito a los mejores mercenarios que las inagotables arcas de Tradia puedan pagar, os necesito a vosotros”.

“En algún lugar de esta urbe, entre el caos y la barbarie, entre las casas saqueadas y los templos profanados, entre las víctimas que huyen y los verdugos que juegan con ellas, se esconde un ser cuyo poder rivaliza con el mío. Tenéis una noche para encontrarlo, pues al amanecer mis poderes quedarán mermados y nuestra conexión rota. Sé que está esperando ese momento para escapar sin que pueda percibirlo”.

“Si lo conseguís, si me traéis al ser que he buscado durante todos estos siglos, os colmaré de riquezas, os convertiré en señores de mi nuevo imperio…”.

A pesar del evidente peligro de la misión, a pesar de las lagunas y los cabos sueltos, de las explicaciones deliberadamente negligentes y de la incertidumbre, los cuatro aventureros abandonan el zigurat empujados por la arrebatadora fuerza de la codicia.

Khan confía en que sean capaces al menos de arrinconar a su enemigo para que él pueda capturarlo. Sin embargo, los mercenarios de Luba solo son un señuelo, un cebo de usar y tirar, pues el señor de la guerra no puede permitir que unos simples mortales conozcan su secreto. Una vez cumplan su misión, tendrá que acabar con ellos.

En realidad, ¿no es eso lo que realmente desean? Al fin y al cabo son mortales y los mortales necesitan finales, necesitan un colofón que les libere de la incertidumbre que inunda sus vidas. Que tal colofón sea la muerte y la destrucción es, simplemente, lo esperable.

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